ESTADOS UNIDOS LANZA NUEVO CAPÍTULO EN CONQUISTA DEL ESPACIO

Estados Unidos abrió un nuevo capítulo en su gran aventura en el espacio ayer, cuando un cohete SpaceX despegó del Centro Espacial Kennedy, llevando a dos astronautas a orbitar por primera vez desde suelo estadounidense en casi una década.

Fue un momento histórico para SpaceX, que se convirtió en la primera corporación privada en lanzar personas a la órbita, y para la NASA, que ha luchado por recuperar su posición después de retirar el transbordador espacial en 2011, dejando a EU sin más opción que confiar en Rusia para transportar a sus astronautas al espacio, a un costo de hasta 90 millones de dólares por persona.

Tanto el presidente Donald Trump como el vicepresidente Mike Pence, presidente del Consejo Nacional del Espacio, asistieron para marcar una nueva era de los vuelos espaciales.

El vuelo fue el cumplimiento de una apuesta arriesgada de la NASA bajo la administración de Obama para encomendar al sector privado que vuele astronautas.

Para SpaceX, fue el clímax de una odisea improbable que comenzó en 2002 cuando Elon Musk fundó una compañía espacial con el objetivo de viajar a Marte.

El cohete Falcon 9 de SpaceX despegó a las 3:22 p.m. Tiempo del Este (1:22 pm en El Paso) desde la plataforma 39A –el sitio histórico desde el cual la tripulación del Apolo 11 partió hacia la Luna–, después de una cuenta regresiva sin interrupciones donde la principal preocupación era el mal tiempo, que el miércoles ya había forzado el aplazamiento del primer intento de lanzamiento.

Se espera que la cápsula Crew Dragon, que se separó del propulsor a tiempo 12 minutos después del vuelo, atraque en la Estación Espacial Internacional poco después de las 10 a.m. (8 a.m. en El Paso) del domingo.

A bordo de la nave espacial se encuentran dos de los viajeros espaciales más experimentados de la NASA, Bob Behnken y Doug Hurley, ambos ex pilotos militares que anteriormente habían volado dos misiones en el transbordador espacial. Pero su viaje al espacio esta vez fue en una nave espacial muy diferente: una cápsula de próxima generación totalmente autónoma equipada con pantallas táctiles y controles de temperatura tipo Tesla, que permiten a los astronautas mantener la cabina a una temperatura entre 65 y 80 grados Fahrenheit (18 y 27 centígrados).

El lanzamiento se produjo 3 mil 250 días después de que despegara la última misión del transbordador.

Hurley, coronel retirado del Cuerpo de Marines, fue miembro de la tripulación en la última misión del transbordador, que despegó en julio de 2011, también desde la plataforma 39A. Fue el final de los 30 años de vida útil del transbordador, y un golpe devastador para una agencia que de repente no tenía forma de llevar a sus astronautas a ningún lado.

A pesar de las reiteradas advertencias de la NASA de quedarse en casa debido al coronavirus, los fanáticos se alinearon en las playas para ver un momento histórico, pero la agencia espacial limitó drásticamente la asistencia al Centro Espacial Kennedy.

El acoplamiento de hoy será manejado de manera autónoma por la nave espacial, aunque Hurley y Behnken tienen la capacidad de hacerse cargo de los controles manualmente si es necesario.

La misión, conocida como Demo-2, fue un vuelo de prueba diseñado para garantizar que el cohete y la nave espacial puedan transportar con seguridad a los humanos. Una vez completado, la NASA y SpaceX revisarían los datos y certificarían la nave espacial para misiones adicionales, que volarían regularmente hasta cuatro astronautas a la estación espacial y de regreso.

En 2014, la NASA otorgó contratos a Boeing y SpaceX, por un valor total de $6.8 mil millones, para diseñar y construir naves espaciales capaces de volar astronautas a la estación. Anteriormente, había contratado al sector privado para transportar carga y suministros allí. Pero la subcontratación de vuelos espaciales humanos a empresas se consideró un movimiento arriesgado e incluso temerario en algunos sectores, incluso entre los líderes de la NASA. En el camino hubo una serie de tropiezos que retrasaron los primeros vuelos desde 2017.

Boeing, el gigante aeroespacial que había estado al lado de la NASA desde los albores de la era espacial, fue considerado el favorito para volar primero. Pero tropezó cuando el vuelo de prueba de su nave espacial Starliner encontró problemas casi de inmediato al alcanzar la órbita. Boeing y funcionarios de la NASA se apresuraron a solucionar problemas de software que impedían que la nave espacial llegara a la estación espacial y en su lugar terminara la misión antes.

SpaceX también se topó con una serie de problemas. En 2015, uno de sus cohetes Falcon 9 explotó en un vuelo de reabastecimiento de carga a la estación. El siguiente, otro cohete explotó, esta vez en la plataforma de lanzamiento antes de una prueba de motor. Luego, el año pasado, su nave espacial Crew Dragon explotó durante una prueba de sus motores.

Pero desde entonces ha investigado y remediado esas fallas a satisfacción de la NASA, y en los días previos al lanzamiento, la agencia espacial elogió a la compañía que muchos en la agencia alguna vez vieron con escepticismo. (The Washington Post) 

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